República Dominicana: Mujeres dominicanas expuestas a todo tipo de abusos

Psicólogos advierten que el agresor utiliza el poder, el control y la manipulación para crear estados de disociación en la víctima. Con esto logra que se sienta culpable y merecedora de la violencia que se ejerce sobre ella. Estas situaciones de vulnerabilidad fueron frecuentes durante el aislamiento obligatorio en la isla

Texto: Jesenia Freitez Guedez/María José Martínez
Ilustración: Pierre Daboin | Antonio Ramírez
Infografía: Yordán Somarriba | Denisse Hernández


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El silencio que alimentó al verdugo

El impacto de los platos que caían en el piso, desde la cocina, alertaron a su vecina. El ruido se mezclaba con la voz de un hombre que vociferaba improperios, y de fondo el sollozo de una mujer que le pedía que se calmara. La discusión estaba fuera de control.
Poco le importó que los gritos alarmaran al pequeño hijo, de dos años, del que ambos son padres. Asustado, el niño comenzó a llorar.
Tanto así se caldearon los ánimos que su vecina, y amiga más cercana, le gritó desde la ventana “¿Todo está bien, pasa algo? ¿Te puedo ayudar?
­-­­­– “Sí, todo está bien no te preocupes. Gracias”.
No era la primera vez que esto sucedía. En el pasado, su esposo lo había hecho en diversas ocasiones. También mientras ambos quedaron en aislamiento con su hijo y sin salir por las medidas sanitarias para evitar la propagación de la COVID-19.
Esta vez la situación se agravó. Su esposo, en un arrebato sin motivos, la insultaba, ejerciendo contra ella lo que se conoce como violencia verbal y psicológica. Si los vecinos no lo habían notado antes fue porque en esta oportunidad, en plena cuarentena, su trato se volvió más déspota y el tono de voz se hizo más elevado que de costumbre. Además, el hecho de que lanzara lo objetos al piso con furia le causaron pánico. Hoy lo reconoce.
Y todo por una diferencia de opiniones entre ambos que terminó escalando en una discusión que, por un instante –pensó–, podría haber sido peor.
Él la culpaba con los mismos argumentos de otras situaciones similares en el pasado. Le decía: “Tú no hiciste tal cosa”, “Qué estúpida eres”, “Tú sabes que a mí me gusta que las cosas se hagan de tal forma”, “No sé por qué tú me sacas de mis casillas”.  Frases recurrentes que la ponían triste, pues, aunque nunca la agredió físicamente, él lanzaba objetos que explotaba contra el piso, “cogía vasos, sillas, le daba puñetazos a la pared”, contó.
Sin embargo, hoy admite que cuando la vecina le preguntó qué estaba sucediendo ese día de la tercera semana del mes de mayo, en cuarentena, ella minimizó las reacciones de él. Los expertos dicen que el silencio alimenta al verdugo. Mientras la mujer más calla, más poder tiene el agresor sobre la víctima.
De acuerdo con psicólogos consultados para esta investigación, existe un patrón en donde la mujer, que defiende al agresor, no lo hace porque quiere, sino porque previamente el hombre ha ejercido violencia coercitiva, que es cuando el agresor utiliza el poder, el control y la manipulación con los cuales crea estados de disociación a la víctima, al punto de hacerla sentir no solo que es culpable de la violencia que se está ejerciendo sobre ella, sino que también se la merece.
Un día después del episodio de los platos rotos, ella se atrevió a buscar acompañamiento psicológico. Llamó al número de la línea de ayuda que atiende a víctimas de violencia y que trabaja con el Sistema Nacional de Emergencia de República Dominicana. En tiempos de confinamiento, los casos de violencia psicológica tuvieron un incremento considerable en los centros de ayuda, de acuerdo con organizaciones defensoras de los derechos de la mujer y médicos especialistas.
Cuando recibió atención, los especialistas de turno le explicaron que en una situación como la que vivió, lo más adecuado es ser sinceros con los vecinos, o con quien se te acerque para ayudar, y pedirle su apoyo si se presenta de nuevo un episodio violento como el que ella vivió ese día. En especial, porque en su caso ella carece de familiares en el país. Le aconsejaron crear lo que los psicólogos llaman su red de apoyo.
También la alentaron a explicarle a su familia, la cual vive en el exterior, lo que ha estado ocurriendo en su hogar, esto con el fin de que puedan socorrerla. En un principio, le costó asimilar que los continuos arranques de ira de esposo, que ese mal carácter que tiene y que empeoró con el nacimiento de su hijo, van más allá de ser solo problemas de convivencia.
Ella no caía en cuenta de que era una víctima. Eso es más común de lo que se piensa, le explicaron los especialistas. Las acciones violentas son patrones tal vez invisibles, pero hacen mella y afectan psicológicamente, le dijeron.
“No fue fácil, yo siempre pensé que él me quería demasiado (…) los psicólogos me explicaron que, aunque nunca me había pegado, lo que vivíamos era una relación violenta”. Ambos llevan cinco de años de matrimonio.



Presionada por el dinero

Esta víctima y su esposo han vivido en Santo Domingo, la capital de República Dominicana, desde que se casaron en 2015. Habían sido novios tres años antes. Ella pensaba que las actitudes de su esposo tenían que ver más con su temperamento que con un tema de violencia de género.
Además, había mucha dependencia entre ellos porque la familia de la víctima vive en Estados Unidos y la de su esposo vive en el interior del país. Ella solo se había dedicado al hogar, porque así se lo pidió él. De esa manera, podría cuidar con tranquilidad al bebé. No te va a faltar nada, le enfatizó, pues es un hombre que goza de estabilidad económica.
Cuando comenzó el acompañamiento con el psicólogo, en plena cuarentena, ella empezó a entender que las actitudes de él no solo eran las de un hombre malhumorado. También se dio cuenta de que estar lejos de sus familiares fue una ventaja que usó a su favor para manipularla.
En diversas ocasiones justificó que las decisiones del hogar y la familia fueran solo de su potestad porque él era quien aportaba más dinero.
 “Entiende, soy el proveedor y sé cuáles son las cosas que más nos convienen”, le decía.
Aunque desconocía que era víctima de violencia psicológica y económica, pronto cayó en cuenta de que debía retomar sus estudios y generar ingresos propios. Así empezó a producir dinero, a través de un emprendimiento con retornos significativos desde casa que hicieron que ya no necesitara tanto de él económicamente.
Nada de esto le gustó a su pareja, quien a su mal carácter sumó los reclamos de por qué “ya no tenía tiempo para atender la casa”. Y como un círculo vicioso: él estallaba por aquello que “no hice en casa”, “Mira cómo quedó la comida”, “Mis camisas se ven arrugadas” y ella se sentía culpable. Luego se disculpaba y todo parecía volver a la normalidad “como una pequeña luna de miel”, hasta que de la nada volvían los conflictos y sus rabietas.  
La situación empeoró en el confinamiento, aun cuando ella “evitaba molestarlo”. Todo en vano porque él siempre terminaba iracundo con ella por cualquier razón.
Tras buscar ayuda, la mujer tuvo el valor de dejar el hogar de ambos e irse con su hijo. Fue muy difícil hacerlo, confiesa, y ante las pocas opciones que tenía estuvo a punto de irse a vivir a la casa de su suegra, quien reside en el interior del país. La orientación y seguimiento psicológico que recibió la hizo entender que debía mantener la distancia y estar desconectada para protegerse del agresor, y eso incluía no estar cerca de familiares de él.
Desde la distancia, sus padres, que viven actualmente en Estados Unidos, ubicaron a un amigo de la familia, quien le ofreció refugio para salir de esa situación de maltrato en la que estuvo muchos años sin darse cuenta. También la acompañó a hacer la denuncia.
Aún le es doloroso saber que está sola junto a su hijo y que debe empezar de cero, el acompañamiento psicológico que recibe la hizo entender que por ninguna posición económica privilegiada vale la pena aguantar maltratos y que, por el contrario, merece ser tratada con dignidad, amor y respeto.
Por los momentos, sus padres la ayudan con la esperanza de que todos puedan reencontrarse de nuevo en Estados Unidos.
Ahora ella tiene un largo camino por recorrer, en primer lugar, desconectarse sentimentalmente de su pareja y rehacer su vida lejos de todo aquello que soportó alguna vez, de la mano de su psicólogo. Durante la pandemia solo abrió los ojos, el trabajo más importante viene ahora.

*El nombre del testimonio fue suprimido en resguardo a la identidad de la víctima y fue contado en un cuestionario. Actualmente, es una sobreviviente en proceso de recuperación.


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