Paraguay: Niños en orfandad, las otras víctimas del feminicidio

Tras años de vivir bajo el ciclo de abusos que la distanciaba y la volvía a unir con su pareja, la historia de Romina es un ejemplo de cómo la violencia intrafamiliar finalmente puede acabar con la vida de una madre y dejar en el desamparo a sus hijos

Texto: Marlene Aponte
Ilustración: Pierre Daboin/ Antonio Ramírez
Infografía: Yordán Somarriba/ Denisse Martínez


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En orfandad

Todavía duele su ausencia. Su temprana partida dejó huérfanos a ocho niños. La familia sigue sin creer lo que pasó la noche del 28 de marzo, cuando el infortunio golpeó la puerta de la humilde casa habitada por una madre y sus hijos, en un asentamiento de Limpio, una ciudad cercana a Asunción, capital del Paraguay.
Era una noche de alegría porque se celebraba el cumpleaños de una de sus hijas. Sin embargo, la felicidad se enturbió sin que nadie lo esperara.
Romina Soledad Domínguez tenía 28 años y, sin embargo, ya tenía a su cargo la responsabilidad de criar a sus ocho hijos de 12, 10, 8, 7, 6, 5, 4 y 2 años.
El primero lo tuvo a los 16 años, cuando era casi tan joven como el mayor de sus hijos. Sin saberlo, ella fue el reflejo de cómo una víctima sufre violencia de diversas formas y desde temprana edad. Su historia evidencia, además, cómo las tasas de embarazo adolescente en América Latina y el Caribe continúan siendo las segundas más altas en el mundo, valoradas en 66.5 nacimientos por cada 1.000 niñas de entre 15 y 19 años de edad.
Esta madre joven era prácticamente la única cabeza de su hogar. Debía trabajar a diario para llevar el sustento a la familia. A veces se repartía entre ser vendedora ambulante, empleada doméstica o modista. Este último era un oficio que compartía con su madre. Ambas también vendía mercaderías.
“Trabajaba en todo para ganarse el pan de cada día para sus hijos, porque él nunca le ayudó. Ella vivía sola con sus hijos”, relató entre lágrimas la abuela de los niños. Con dolor, recuerda que antes de acabar con ella de manera definitiva, su victimario la había convertido en una víctima permanente de la violencia intrafamiliar. Recuerda que su hija dejó varias veces a su expareja. Incluso hubo denuncias en la comisaría y estuvo en la cárcel por agresión física contra ella. Ese fatídico 28 de marzo de 2020 el hombre, de 44 años, le arrebató la vida con siete puñaladas. Él apareció en la casa, pese a tener orden de alejamiento por las múltiples violencias que él le hizo padecer a su lado, tal como lo evidencian las denuncian en su contra que datan desde 2017. El hombre tampoco tuvo reparos para asesinarla frente a sus hijos, dos de los cuales los tuvo con él, quienes pidieron socorro para auxiliar a su madre, pero no pudieron salvarla. Al momento de su muerte, Romina Soledad Domínguez era uno de los siete feminicidios que se habían cometidos en Paraguay hasta ese momento, en lo que iba de año. Hoy son 19 el número de mujeres asesinadas hasta el 10 de julio de 2020, de acuerdo con el Observatorio de la Mujer. Delitos que siguen conmoviendo a la sociedad que vio un incremento en el número de llamadas de urgencia realizadas a través de los servicios de emergencia durante el confinamiento, como consecuencia de la violencia intrafamiliar.



En el ciclo de la violencia

Al principio de la relación parecía no haber problemas entre ambos, afirmó la madre, pero con el tiempo todo se descompuso. “Era garrotero, borracho, le maltrataba mucho a ella. Se dejó de él (…) cuando estaba a salvo, de nuevo conmigo, venía el tipo y se la llevaba otra vez. Yo no podía hacer más nada, me sentía frustrada como madre, porque quería ayudarla, pero ella era mayor de edad y él le decía que era el papá de sus hijos. Así que se iba otra vez con él (...) Yo me iba, le buscaba y así encontraba a mi hija mal y le traía otra vez conmigo. Después ella se iba otra vez con él y así andaba. Al final ella ya no era feliz y yo menos”, lamentó la madre de Romina en declaración para esta investigación. El triste final de la joven madre dejó a sus ocho hijos huérfanos, distribuidos ahora entre los parientes: tíos, sobrinos y la abuela, para ser criados. Ella, precisamente su abuela y madre de Romina, afirma que su asesinato quebró a toda la familia, en especial a sus hijos que vivieron el momento. Hoy todos la lloran en el recuerdo. “Era una chica amorosa. Ella me apoyaba. A donde íbamos, estábamos juntas. Era una compañera, una hija, una amiga. Cosa insuperable va a ser para mí, porque ella era mi brazo derecho. Nos íbamos juntas a Clorinda (Argentina). Todo lo hacíamos juntas”, dijo desconsolada.
Reitera que la pérdida le deja un gran vacío en el alma. “Me quedé sin ganas, sin nada. Después de que ella se fue, me quedé tumbada. Para mí fue inesperado lo que le pasó (…) Todos los días pienso y pienso. No me olvido un segundo de ella. Ella era mi amiga. Tengo cinco hijos más, pero ella era única”, lamentó. El feminicida de Romina, identificado como Rafael Villalba, de 44 años de edad, salió huyendo del lugar del crimen, después de su cometido fatal. Lo hizo con la ropa ensangrentada por las heridas que le produjo la siete heridas con arma blanca que propinó contra ella. Los parientes de la mujer asesinada trataron de retenerlo, pero él logró escapar. Hasta la fecha sigue prófugo. Se libró orden de captura en su contra, pero la Policía aún no reporta sobre paradero. La única cosa que pido a Dios es que agarren a ese señor por acabar con la vida de una hija, una madre, una mujer llena de vida, sana y hermosa que era todo para sus hijos”.


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