El Salvador: Bajo la mirada de un enemigo inesperado

Carmen tiene 30 años y es madre de un niño de 11. Del padre de su hijo no supo nada, ella ha trabajado duro para sacar adelante a su pequeña familia.
Texto: Clanci Rosa
Ilustración: Pierre Daboin | Antonio Ramírez
Infografía: Yordán Somarriba | Fátima Cruz

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La pandemia por COVID-19 impactó la vida de Carmen, en primer lugar, porque perdió su empleo por los recortes de personal que hubo en las pequeñas empresas. En segundo lugar, porque, al ser despedida, no pudo pagar el alquiler del lugar donde vivía y se vio obligada a volver a la casa de su padre.
“Decidí venirme a la casa de mi papá, pues él se quedaría solo. Mi hermano y su esposa compraron una casa y se iban a mudar”.
El 20 de abril, Carmen llegó a la casa de su papá acompañada de su hijo. Sin embargo, las cosas serían diferentes. “Hablaba con mi papá y vi cómo él empezó a verme con una mirada con la que jamás me había visto, tipo acosadora. Me sentí incómoda de cierta manera”, explicó.
A partir de ese momento, Carmen comenzó a sentir miedo, pero no tenía otro lugar a dónde ir con su hijo. “Me dije: Son ideas mías, es mi papá, yo soy su hija”. No obstante, dejó de usar shorts y decidió ponerse únicamente pantalones en casa.
El padre de Carmen tiene 63 años, carece de un empleo y vive de la pensión que recibe, además, hace cinco años tuvo graves problemas de alcohol.
Carmen creyó que la situación no se repetiría o al menos quiso creerlo, pero ese no fue el caso. “Pasaron los días y de nuevo me senté a conversar con él, de repente observé cómo su mirada se desviaba hacia mis pechos, me paré y me fui a mi cuarto”.
Para ese día, Carmen ya tenía una habitación y podía cerrar la puerta, pues su hermano se había ido de casa y le dejó el lugar para que se instalara con su hijo. Antes tuvo que permanecer despierta, vigilando.
“Hoy duermo mejor, las primeras veces no podía porque compartimos el cuarto con mi papá y era incómodo para mí”.
Ante esta situación, Carmen buscó ayuda con un amigo. Él le facilitó los números del Instituto Salvadoreño de la Mujer. Llamó y contó lo que le estaba pasando. “Me asesoraron sobre qué hacer en caso de que pasara algo más”.
El organismo le dio asesoría psicológica y le informó que podía volver a llamar si él se sobrepasa con ella. Sin embargo, no le ofreció un lugar para resguardarse como las Casas de Acogida porque no entraba dentro de los criterios “de mayor prioridad”, por lo que, con la ayuda de la autoridad, Carmen se convenció de que el miedo que le produce convivir en este momento con su padre biológico y de ser potencial víctima de abusos, no es tan grave.
“No, porque debería tener prioridad”, respondió. “Por suerte me explicaron que lo mío no era tan grave. Y si hubiese algún tipo de agresión física creo que sí estuviera mal, pero me puse a pensar en las mujeres que tienen problemas peores, y sí, creo son más graves si no prestan atención a esos casos”, reflexionó sin darse cuenta de que la violencia que padece no es menor a la que cualquier otra mujer.
Por los momentos, Carmen consiguió un trabajo cerca de la casa de su padre. Cuida a la mamá de una amiga. “Prácticamente no estamos en la casa. En el día trabajo donde la señora y donde mi papá llegamos solo a dormir”.
- Si tuvieras un lugar seguro donde ir, ¿te irías?
-Sí, me iría urgente.
Para la activista feminista Keyla Cáceres, muchas mujeres siguen creyendo que son culpables de los hechos de violencia que padecen. En su opinión, ese en el mensaje que se siguen dando desde la sociedad machista. “Se sigue creyendo que los cuerpos de las mujeres pertenecen a los hombres y por tanto pueden tomarlos cuando quieran”.

Deudas que el Estado acumula con mujeres como Carmen

La Ley Especial Integral para una Vida libre de Violencia para las Mujeres (LEIV) establece en el artículo 26 la creación del programa de Casas de Acogida, que estarán bajo la coordinación y supervisión del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer. El objetivo es atender a las mujeres y su grupo familiar afectado que se encuentran en riesgo y desprotección generadas por situaciones de violencia.
De acuerdo con las organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres en El Salvador, el programa como se estableció en la LEIV sigue siendo una deuda pendiente con esta población.
En 2019, la Comisión de la Mujer y la Igualdad de Género de la Asamblea Legislativa discutió destinar 1% del presupuesto del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) a la administración de las Casas de Acogida, como parte del debate a las reformas a la Ley Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres.
No obstante, hasta el momento, El Salvador cuenta con albergues temporales a la espera de que se establezca, de forma definitiva, la puesta en marcha de estas casas, tal como lo exige la ley. Se trata de espacios físicos gratuitos, confidenciales distribuidos en todo el país, según indica el ISDEMU en su página web.
Karla Reyes, abogada y asesora de la comisión, explica que aún insisten en hacer la petición a la directora de ISDEMU, para que brinde información sobre la situación de violencia contra las mujeres en confinamiento y la atención de refugios para las víctimas.
“Ella ya ha sido invitada dos veces a la Comisión de la Mujer y ha dicho que no puede por la emergencia del COVID-19. Pidió que se le enviaran las invitaciones con 15 días hábiles de anticipación, esperamos que lleguen en esta ocasión. Se le enviará nota también al Ministro de Hacienda, solicitando informe y opinión sobre este mismo tema, por la asignación presupuestaria”, informó.
Laura Morán, abogada de la Colectiva Feminista para el Desarrollo Local, y que acompaña la coordinación del eje “una vida libre de violencia para las mujeres”, considera urgente instalar el programa con el espíritu que se planteó en la normativa.
“Las Casas de Acogida, como tal, son una deuda desde la creación de la LEIV, con el propósito de garantizar espacios seguros a las mujeres para llegar antes o después de realizar una denuncia, brindar apoyo inmediato, cuidar la integridad física, emocional y dar la atención psicosocial”, señaló.
Gilda Parducci, exdirectora del ISDEMU, explica que esta institución, desde su creación, tuvo un albergue para mujeres que enfrentan violencia, pero que con el mandato de la LEIV sobre la creación de Casas de Acogida no se ha dado ninguna acción para la creación de más “albergues”, término con el que se trabaja desde el ISDEMU, manifestó. Es lo único que se ha hecho.
“Salvo la elaboración de los lineamientos para acreditación y funcionamientos de Casas de Acogida, en el 2013, y en ese mismo documento se trabaja una Guía de Monitoreo y evaluación para la acreditación de las casas de acogida”, detalló.
Además, explica que el ISDEMU cuenta únicamente con un albergue, el cual tiene “más o menos las funciones que se exigen para su funcionamiento”, sin embargo, no alcanza a cubrir toda la demanda de mujeres que lo necesitan en el país.
“El detalle es que la prioridad se enfoca en las mujeres que carecen de la posibilidad de un apoyo desde su familia o comunidad y que sus vidas estén en inminente riesgo, se aceptan mujeres de todo el país, lo que hace que sea muy pequeña la atención a las solicitudes de apoyo que recibe”, manifestó.
La complicada situación de los refugios en El Salvador revive los temores que dejaron caso como el de Ana Miriam González, en 2018. La mujer, de 21 años de edad, fue asesinada por su esposo cuando regresaba de denunciarlo por violencia. Ella iba a solicitar las medidas de protección que establece la LEIV, pero no fue atendida y tampoco se le brindó un lugar seguro para resguardar su vida. Dos horas más tarde fue asesinada.
Mariana Moisa, antropóloga y feminista, resalta que, cuando se niega un servicio de este tipo a las mujeres, se ejerce violencia institucional y sistemática desde el Estado.
“Hay una relación de poder patriarcal, entendiendo que el sistema está sentado sobre la base del sistema patriarcal que nos sigue viendo como ciudadanas de segunda categoría y, por lo tanto, no procuran garantizar lo que nos corresponde como mujeres”.
Carmen es una de las mujeres a las que el sistema le negó la posibilidad de dormir tranquila y segura todas sus noches, porque “su caso no era tan grave”.
“No puedo hablar con nadie, no puedo tener amigos porque mi papá se enoja, siento que sus celos son extraños, la verdad nunca se ha querido sobrepasar conmigo, pero siento que no es buena manera de comportarse con una hija”, reconoció.
Carmen espera que termine el confinamiento por la otra pandemia, buscar otro trabajo y poder pagar un lugar seguro donde vivir con su hijo. “No sé si eso sea una agresión, pero esta es mi historia”.

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