El vínculo entre la víctima y el agresor

La violencia contra la mujer ocurre por la idea del hombre de que ella le pertenece o porque no cumple con los estereotipos sociales. El maltrato escala y se repite hasta un límite. Mientras, la víctima no puede verla porque la ha normalizado y termina por desarrollar el síndrome de la mujer maltratada


Texto: Zurya Escamilla Díaz/Paola Palacios Macario

Ilustraciones: Pierre Daboin/Johnny Lain/Ricardo Sanabria


El ciclo de la violencia

Cuando una mujer enfrenta situaciones recurrentes de violencia, se dice que está involucrada en un ciclo. En su libro El síndrome de la mujer maltratada (1984), la doctora Leonor Walker refiere que estos episodios de violencia no ocurren al azar, sino en tres fases: la acumulación de tensión, el maltrato agudo y la fase de calma y reconciliación.
En la primera, las mujeres se exponen a situaciones de control económico y emocional, tratan de calmar al agresor y empiezan a cobrar conciencia de la violencia. Cuando las mujeres se niegan a cumplir con las expectativas, comienza la fase de maltrato agudo que las lleva a la indefensión.
Le sigue un periodo de calma, de complacencia, en el que aparentemente bajan las tensiones, usualmente viene después de un distanciamiento o de una intervención externa de algo o alguien que hace cesar el conflicto (López, Josefina. 2016). En esta fase él se excusa y la culpa, cambia su actitud para retenerla, la llena de consideraciones y esperanza de que todo continuará bien, pero esta es solo la antesala de una nueva ola de violencia, muchas veces más fuerte que la anterior.

Ella, la víctima

Para la víctima este no es su primer contacto con la violencia. De acuerdo con la psicóloga forense Adriana Ávila Rodríguez (México), el ambiente familiar, social y cultural donde se ha desarrollado genera una distorsión de la realidad que le hace pensar que esas acciones son normales y no un problema.
Para ellas es difícil asimilar esta violencia porque han estado inmersas en el ciclo, señaló Gabriela Chacón, codirectora del Observatorio General del Norte de Santander.  La sociedad contribuye a ello con la normalización del maltrato y con frases como: “‘Él va a cambiar’, ‘Dale tiempo, es un buen hombre’, ‘Si te engañó o te golpeó fue una sola vez’, ‘Él es muy buen proveedor, no te falta nada en la casa’, ‘Capaz estaba estresado’”, agregó Gonzalo Salgado Bello, funcionario del Servicio Nacional de Mujeres y Equidad de Género (SernamEG) en Chile.
Ivonne Guzmán, psicóloga en República Dominicana, explicó que la mayoría de las víctimas se siente culpable de aquellos eventos explosivos. En medio de esta distorsión promovida por el agresor, ellas minimizan la violencia y, aunque se les dice que aumentará, ellas justifican: “Él no lo hace, nunca me ha pegado o él no me iba a matar, él me quiere demasiado porque me lo ha dicho”.
Incluso, agregó la especialista, defienden al agresor, pero no porque deseen a hacerlo, sino porque están sometidas al control y a la manipulación que les hace sentir vergüenza, miedo y asumir una responsabilidad que no es suya

Luis Vergés Báez, psicólogo del mismo país, refirió que las víctimas llegan a pensar que pueden causarle un daño a su agresor si lo denuncian, pero no es así, “la denuncia es resultado de la violencia y quien tiene que asumir las consecuencias es la persona violenta”.
La víctima se queda aislada de su familia y amigos, pues su agresor la requiere sola, vulnerable e indefensa, refieren los especialistas. A propósito, Francisca Pérez Prado, psicoanalista y presidenta de la Corporación La Morada en Chile, detalló que las redes familiares y de apoyo se dañan por interferencia del agresor, por una conducta crítica de los demás o porque se impide el contacto con ellos. También porque sus allegados saben de esta relación, pero no logran acompañar a las mujeres de manera permanente.
De acuerdo con la psicóloga mexicana Teresa Magos Martínez, casi ninguna mujer denuncia a la primera agresión. Pasa mínimo un año para que lo hagan y muchas pasan toda su vida en ese ciclo. Cuando lo informan es porque de pronto sucede algo que ya no toleran, que sale de su normalidad, como una infidelidad o bien la violencia se manifiesta de forma diferente a la habitual.

Él, el agresor

El agresor es un hombre amable, divertido, puede ser un buen amigo y vecino, también tiende a ser histriónico y narcisista, comentó Gonzalo Salgado. Detrás de esa imagen oculta dificultades para socializar y manifestaciones de violencia en distintos ámbitos que tienden a acentuarse en lo personal.
Ellos se encuentran en todos los sectores de la sociedad, aunque hay evidencia de que este comportamiento sucede con mayor frecuencia entre hombres con bajo nivel de estudios o socioeconómico, con problemas de alcohol o drogas. Sin embargo, “mientras más alto es el nivel educativo, el maltrato psicológico es mayor porque existe un lenguaje técnico específico para ir dañando la psique de la mujer”, expresó el funcionario.
Según la psicóloga Kátia Rosa, consejera dedicada a la promoción y defensa de los derechos de las mujeres del Instituto Justiça de Saia en Brasil, solo una porción de los agresores puede asociarse a problemas con trastornos mentales y casi todas las investigaciones sobre el tema descartan que los aspectos biológicos sean preponderantes en el comportamiento violento, se lee en el manual chileno Hombres jóvenes por el fin de la violencia.
El haber sufrido maltrato tampoco es garantía de que lo replicarán, apuntó también el funcionario de SenarmEG (Chile).
Agregó que muchos ni siquiera se reconocen como abusadores, pues piensan que eso significa ser un hombre, es decir: ser impulsivo, incapaz de reconocer y expresar sus emociones. Esto les hace altamente inseguros porque aprenden que deben ser fuertes.
El especialista señala que el control sobre su víctima lo logran a través de una sistemática manipulación emocional, latente en frases como: “Te quiero solo para mí, no necesitas a nadie más”, “Tú sin mí no eres nadie”, “Yo te saqué de donde estabas”, “Te voy a quitar a los hijos”, “Si me dejas, me voy a suicidar”.
Su perfil se puede determinar a partir del tipo de violencia que ejercen: los más jóvenes tienden a la violencia sexual y física, y conforme aumenta la edad de ellos y su víctima, tiende a lo patrimonial, explicó Ruth Andrea Rivera Bautista, psicóloga de la Secretaría de Salud en Colombia.
Los agresores están respaldados por una cultura machista que normaliza la violencia en sus diferentes tipos. En el confinamiento no han faltado las excusas: la crisis económica y estar expuestos a situaciones cotidianas de las cuales esa misma cultura les mantiene alejados como el cuidado de los niños y las labores domésticas, añadió.
Esto ocurre en un sistema machista que promueve la idea de pertenencia de la mujer y estereotipos sobre su actuar que al ser trastocados, detonan la violencia. Esta distorsión de la realidad está tan arraigada que, incluso, muchos femicidas perciben lo que han hecho como una “misión cumplida” porque ellas no actuaron según lo esperado. Por lo tanto, no se arrepienten y buscan formas de revictimizarlas como exponer sus cuerpos, afirmó el doctor Vergés Báez,  quien trabaja en terapias con agresores de violencia machista.
“La violencia es un tipo de conducta que la gente emite y mantiene cuando hay condiciones sociales que la permiten”, concluye el especialista. Por ello, los agresores tienden a justificar acciones (con celos, cansancio, el actuar de la víctima) que la sociedad acepta e incluso fomenta.

El síndrome de la mujer maltratada

Para las mujeres que viven violencia no es fácil salir de esa relación, no es de sorprender que, una vez liberada la tensión, decida regresar al lado de su agresor, quien por poco tiempo le hace pensar que el maltrato acabó, explicó la psicóloga Ivonne Guzmán.
Para la doctora Leonor Walker se trata de un trastorno patológico similar al estrés postraumático que termina por adaptarla a esa situación y que, según la doctora Ruth Ortega Vélez, la hace incapaz de responder de forma efectiva.
Como parte del síndrome, las mujeres pueden revivir la violencia una y otra vez. También minimizar y justificar su presencia. Asimismo, se retraen socialmente y perciben de forma distorsionada su imagen o se sienten enfermas, lo que hace que incluso pierdan interés en las relaciones sexuales y evadan la atención médica para salir de esa situación.

Trabajar desde el interior

Para los especialistas consultados en esta investigación es relevante trabajar sobre la autoestima de la mujer y ayudarle a identificar las situaciones de violencia para que deje de verlas como normales.
Salgado Bello indicó que es importante desmitificar la idea del “amor romántico” que les hace creer que el amor todo lo soporta y que es capaz de cambiar al otro.
Al respecto, organizaciones de la sociedad civil comprenden la frustración que viven las redes de apoyo como familiares y amigos y, en ocasiones, la falta de empatía hacia las víctimas que suele imperar en las situaciones de violencia. 

Por ello, piden a quienes forman parte de su entorno, comprender la situación y buscar los mecanismos y recursos para acompañarlas en la toma de decisiones  desde el respeto para que, finalmente, puedan instarlas a escoger su protección junto a la de sus hijas e hijos, y así acercarlas a salir de ese ciclo violento de manera definitiva.

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