Brasil: Atrapadas y desatendidas por el Estado

En confinamiento, las organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres reportaron diversos casos de mujeres que no fueron recibidas en las Casa de Refugio. Entretanto, el número de casos de violencia doméstica registrados por la línea 190 de la Policía Militar, que atiende las emergencias en el país, presentó un incremento del 44% en los pedidos de auxilio

Texto: Manuela Allegro Etchepare/Jesenia Freitez Guedez
Ilustración: Grecia Nexans | Antonio Ramírez
Infografía: Yordán Somarriba | Denisse Martínez


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Abandonadas a su suerte

Por una década soportó los golpes e insultos de su esposo. En medio de su dolor dejaba pasar los maltratos de su pareja, se refugiaba en los quehaceres del hogar y en sus cinco hijos, incluyendo a uno, de 27 años, quien tiene necesidades especiales.

Ella, una mujer de 55 años, vive en el barrio Gama, en el Distrito Federal de Brasil, el país más poblado de América del Sur, y donde solo en 2019 hubo 263.067 casos de violencia doméstica, de acuerdo con los registros del Foro Brasileño de Seguridad Pública.

La violencia propinada por su esposo hace mucho que dejó de ser un secreto para quienes la conocen. En ocasiones, sus hijos se enfrentaron a su padrastro para defenderla. Pero él, de 65 años, la manipulaba con expresiones como “yo soy el hombre de la casa”, y ejerciendo control del dinero que ella recibe de la manutención por la condición especial de su hijo.

El hombre es alcohólico y mantiene relaciones extramaritales con múltiples mujeres. Siempre se le ve de mal humor y a cualquier situación en el hogar reaccionaba de manera agresiva hacia ella. Y a veces, mucho peor como en las dos ocasiones en las que le fracturó el brazo. Por eso ella tiene incontables cicatrices de sus arranques violentos, como el día que le puso una tapa caliente en el abdomen y le causó quemaduras tan graves que la dejaron sin poder moverse por varios días.

La psicóloga Dora Lorch destaca que el uso y abuso del alcohol durante el aislamiento fue un componente que potenció la violencia física intrafamiliar: “Se dieron muchos casos de esposos que bebían y golpeaban a su pareja, enojados por la falta dinero. Si la relación ya era mala, empeoró mucho más encerrados”, indicó la coordinadora de Florescer da Fábrica, un proyecto preventivo de la violencia doméstica en Brasil.
En medio de la pandemia, luego de soportar un encierro largo con su agresor y de aguantar todo tipo de violencia, ella decidió denunciarlo, pero cuando llegó con su hijo de 27 años a una Casa Refugio del Estado, le negaron el acceso porque no tienen las condiciones para atenderlos a ambos.
Cuenta su historia temerosa porque tuvo que regresar a casa con su agresor, pues el Estado no pudo atenderla. Su caso actualmente es atendido por la organización defensora de los derechos de la mujer en Brasil, quien reserva su nombre en respeto a la confidencialidad de la víctima

Buscar o no un refugio

Estas historias ocurren en un contexto de confinamiento que trajo consigo un 44% más en llamadas a la línea 190 en comparación con 2019, lo que se tradujo en 9.817 atenciones de la Policía Militar a casos de violencia doméstica durante el mes de marzo de 2020, de acuerdo con datos del Foro Brasileño de Seguridad Pública.

Sin embargo, la juez Adriana Ramos de Mello, titular del 1º Juzgado de Violencia Doméstica y Familiar contra la Mujer en Río de Janeiro, refiere que las víctimas se enfrentan a una falta de atención de calidad y a estereotipos de género, muy arraigados entre la población, que las hacen víctimas de violencia institucional.

Si eso no fuera suficiente, muchas han quedado en el desamparo al no encontrar un lugar en las siete Casas Refugio que existen en el país. Esto le ocurrió a una víctima en Brasilia, a quien también le dijeron “no tenemos vacantes”, pese a que llegó tras ser golpeada por su esposo, de 30 años.
Corría el mes de mayo de 2020 cuando una discusión con su pareja se salió de control. Era de noche y hasta hoy ella todavía se pregunta cómo es que acabó llena de golpes y con su teléfono destruido. O cómo fue que el padre de sus tres hijos pudo atentar contra su vida y el hogar que tenían en el barrio Samambaia del Distrito Federal.
Lo que sí recuerda con detalle es que sacó las fuerzas que no había tenido antes para denunciarlo y acabar con los atropellos de él que a diario padecía. Por eso buscó alejarse de casa por unos días, mientras lograba rehacer su vida, pero fue en vano porque en las casa de abrigo no hubo espacio para recibirla.

Con ayuda de una organización de derechos de las mujeres que le prestó asesoría legal y psicológica, logró que una patrulla de la policía pasara esa noche vigilando en la puerta de su casa, pues sin refugio ni a un familiar a dónde acudir tuvo que conformarse con quedarse en casa.

“¿Pero qué pasará mañana? ¿Hasta cuándo podrá acompañarme la policía? Cuando se vayan yo estaré sola y expuesta”, se preguntó aún temerosa de que su pareja, y agresor, apareciera en cualquier momento.

Los tres refugios en el Distrito Federal, la capital del país, están llenos. Con un total de 64 plazas, actualmente solo seis están disponibles, sin contar la lista de espera. La mayoría de las mujeres que los ocupan son de escasos recursos", sostuvo Nayana Cambraia, asesora de la Cámara Legislativa del Distrito Federal explica.

Antes de ingresar y poder permanecer por un máximo de 180 días en su resguardo, las víctimas tienen que contar con la aprobación de las Estaciones de Policía Especializadas para Mujeres y Centros de Referencia para Asistencia Social (CRAS y CREAS), o por un informe policial electrónico.

Aun así, muchas prefieren no acudir a ellos o hacerlo en última instancia, pues su libertad se ve limitada y únicamente las aceptan con hijos menores de 13 años, indica la abogada Sueli Amoedo.



Violentada desde su niñez

Con temor y hostigada por su pareja, vive una mujer, de 24 años, en la ciudad São Paulo. Cuando puede saca su teléfono para comunicarse con su psicóloga. Lo hace con cuidado, luego de la última vez que él la golpeara y le advirtiera que no tuviera contacto con nadie.

Desde que comenzó la pandemia pasan todo el día juntos. Sigiloso, le sigue los pasos en cada espacio de la casa al que ella va, la vigila y le advierte que si lo deja, él tendrá los medios para conseguirla.

La violencia doméstica siempre ha marcado su vida. Cuando era niña fue abusada sexualmente y golpeada por su padrastro, quien era apoyado por su madre. Al llegar a la adolescencia dejó los estudios, se fue de casa y comenzó a consumir drogas como medio fatal para paliar el dolor, el hambre y la soledad.

De ese pasado lleno de abusos y dolor narra que así como un día se fue de la casa, sin mucho ruido, regresó con la intención de estudiar y regenerarse; conoció a un muchacho que le ofreció matrimonio, pero que por causas naturales falleció antes de la boda.
La depresión de estar nuevamente sola la llevó a refugiarse otra vez en los vicios, y en medio de tantas dificultades conoció a su actual pareja; aunque sabía que era un hombre con negocios turbios, le ganó la ilusión. Lo que ella no sabía era que al poco tiempo de vivir juntos él comenzaría a violentarla física y psicológicamente.

Hoy teme por su vida, porque carece del apoyo familiar. Relató su historia bajo el anonimato y con la esperanza de que al acabarse el confinamiento pueda conseguir el apoyo que necesita para acabar con la relación violenta en la que vive.
Desde principios de junio y hasta el cierre de esta investigación, la psicóloga que le hacía acompañamiento no ha logrado comunicarse con ella.

Un amor que acabó en secuestro

Algunas veces, la ilusión de un nuevo comienzo les juega en contra a mujeres. Este es el caso de una joven que decidió mudarse con su novio de Brasilia a Río de Janeiro. Eran muchos cambios a la vez: vivir en pareja, cambiar de ciudad, nuevos amigos y nuevas actividades. Todo eso la tenía emocionada y expectante. Quizás fueron las razones por las que jamás notó algo extraño en su pareja, ni ningún indicio de ser una persona peligrosa.

A mediados de mayo de 2020 dejó de comunicarse con su familia, al principio no les pareció extraño, creían que la nueva rutina la tendría abrumada y ocupada, pero a medida que pasaban los días comenzaron a preocuparse. Sus familiares se activaron, su prima contactó al Proyecto Justiceiras y les envió un formulario con la información que requerían para comenzar la búsqueda, e inmediatamente se activó la red de voluntarias para saber qué había pasado con Vera.

Todas las pistas llevaban a casa de su novio. Aquella tarde, cuando se abrió la puerta de su casa, la joven volvió a ver la luz después de un mes de haber sido secuestrada, abusada y golpeada por su novio.

Estaba encadenada a una silla y había perdido la noción del tiempo. De inmediato contactaron a sus familiares; ahora ella pasa por un proceso de acompañamiento psicológico y son sus seres cercanos los que cuentan, aún con temor, lo sucedido con ella, otro testimonio de violencia en confinamiento.

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