Bolivia: Crueldad y ensañamiento durante la cuarentena

A Helen y a Gabriela las une el lazo fatal de una violencia que marcó sus vidas. El asesinato e intento de feminicidio que quebró a sus familias es una muestra apenas de la violencia que sufrieron las mujeres en Bolivia durante el confinamiento.

Texto: Paola Mejía
Ilustración: Johnny Lain
Infografía: Yordán Somarriba




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Cenizas en el corazón

En una habitación de la Caja Petrolera de Salud de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, como se le conoce a las instituciones sanitarias en Bolivia, Gabriela se recupera de las lesiones que su expareja le provocó durante la cuarenta. Su ropaje es ahora un vendaje que la envuelve desde el cuello hasta la cintura. Otras heridas le carcomen el alma. Tras el intento de feminicidio que vivió, solo le preocupa estar lejos de sus dos hijas.

Gabriela tiene quemaduras de primer grado en el rostro y brazos. Las de segundo grado están en las áreas del cuello y la espalda. Sus senos, abdomen y cintura fueron las partes más afectadas con quemaduras de tercer grado. “Me siento muerta en vida”, dijo.

Ilusiones y mentiras

En Santa Cruz, Gabriela trabajaba como mesera en un bar. Fue allí donde conoció a Wilmer E. C., quien se presentó con el nombre de Ariel. Pronto la enamoró y comenzaron una relación. No obstante, dos meses después, Ariel sacó la primera carta: la obligó a retirarse de su empleo.
“Era una persona muy cariñosa, diferente a cualquier otro hombre con el que yo había salido. A él no le gustaba el hecho de que yo trabaje en la noche, así que me pareció prudente y renuncié”, expresó. La relación avanzaba muy rápido. En más de una ocasión el hombre le había confesado que “ella era la mujer de su vida”, “que soñaba un futuro a su lado” y que, incluso, “quería hijos”. Gabriela cuenta que sentía que vivía un sueño hecho realidad con una persona tan entregada emocionalmente.

Ambos mantenían una relación a distancia, puesto que él vivía en Cochabamba, donde — le aseguró — trabajaba como oficial de la policía. “Solía pagarme los pasajes en avión para que fuera a verlo. Yo viajaba los fines de semana, dejando a mi hija mayor (de ocho años) con una tía”, rememoró.
Durante tres meses Ariel le pidió que dejara de tomar anticonceptivos, pues deseaba convertirse en papá. Gabriela aceptó. Cuando se enteró que estaba en cinta quiso compartir esa alegría con él, pero para su sorpresa comenzaría un infierno. “Se puso muy violento tras enterarse que estaba embarazada, empezó a tratarme diferente” con ataques verbales y psicológicos. ‘Ese hijo no es mío, con quien te habrás acostado, perra barata’, le dijo. Incluso llegó a proponerle que abortara porque él “no buscaba tener nada serio”.

Gabriela le pidió que se alejara. Ella criaría a esa niña sola, con o sin ayuda. Lo dejó y se mudó a un lugar más pequeño. Para sostenerse comenzó a vender horneados (masitas del oriente boliviano) y comida a las afueras de un colegio.
Al cumplir los seis meses de embarazo, Ariel reapareció en su vida. Empezó a frecuentar su casa y al mismo tiempo Gabriela comenzó a recibir llamadas de una mujer. Él le explicó que, quien la insultaba por teléfono, era la madre de su hija, de quien ya se había separado “hacía mucho tiempo atrás”, le aseguró, pero dos meses después Gabriela descubrió que Ariel seguía casado y que era su actual esposa la que la llamaba.

Confundida, buscó al hermano de Ariel, quien le confesó la verdad: Ariel en realidad se llamaba Wilmer. El hombre había mentido sobre su identidad, estaba casado y no era policía.

“Todo, absolutamente todo, lo que me había dicho era mentira”. En ese momento Gabriela tomó la firme determinación de alejarse para siempre de él. Cuando se cumplieron los nueve meses de embarazo, Wilmer volvió a establecer contacto. En esta ocasión le pidió que se internara en una clínica privada para que ella diera a luz con todas las comodidades.

Gabriela aceptó el apoyo y el 21 de agosto de 2018 nació su segunda hija. “Los primeros meses de la bebé, él se comportó como un verdadero papá: la visitaba, me ayudaba económicamente con los gastos y un día, de la nada, volvió a desaparecer”, recordó.

Fue en ese instante que entendió la realidadel padre de su hija tenía una vida oculta y muy aparte de ella. Nunca sería su pareja y sólo cumpliría con el rol de ser papá.

Pasado un tiempo, Wilmer volvió alejarse. Un día le mandó un mensaje: “Lo mejor que puedes hacer es buscarte a otro hombre. No esperes nada de mí. Yo sólo soy el papá de la niña y si vos rehaces tu vida ya vemos cómo nos encargamos de ella, total, ni cariño le tengo”. Después de esa conversación, Gabriela rompió todo contacto con él.


La huella de la violencia


Una semana antes de que comenzara la cuarentena, Wilmer le escribió para invitarla a comer, pero Gabriela lo rechazó. Cuando se disponía a ir a vender comida, como todas las tardes, él se aparecía en la calle de su casa con la petición de querer ver a su hija.

“Está bien, puedes verla, pero desde la puerta. Le diré a mi hija mayor que saque a su hermanita para que estés con ella. Recuerda que no puedes entrar porque no tienes pisada en mi casa”, le advirtió.

Ese día el dueño de la casa que alquilaba Gabriela se acercó a Wilmer y le dijo que “la madre de su hija le debía un mes de renta y que molestaba a los vecinos por las constantes visitas que recibía por parte de un hombre”.

Cuando ella regresó a su casa, él la encaró y le pidió explicaciones. “Tú me dijiste que podía rehacer mi vida, no me pagas el alquiler, no me das un centavo para comer. ¿Cuál es el problema?”, reclamó Gabriela.

Wilmer optó por irse, sin embargo, le escribió al día siguiente para explicarle que había pensado mejor las cosas y que deseaba estar con ella. “Siempre he estado enamorado de ti. Quiero casarme contigo y ser un padre ejemplar para las dos niñas”.

Pero Gabriela se mantuvo fuerte. “Eso jamás podrá ser. Durante mucho tiempo me humillaste y mentiste y yo no quiero eso en mi vida”.
“Nunca le dije que sí, pero admito que consideré en darle una oportunidad”, confesó.

Durante las primeras semanas de la cuarentena, Wilmer envió dinero para los gastos de la niña, pero también comenzó a ser muy insistente con la idea de casarse. “Se volvió obsesivo. Incluso diseñó los anillos y las invitaciones para la boda. Empezó a buscar el salón de fiesta y hasta pidió una lista con los nombres de mis invitados”.

Gabriela le pidió tiempo para tomar una decisión, puesto que necesitaba ver los cambios en él. Fue ahí donde sus humillaciones comenzaron otra vez. “Seguro estás con otro ¿verdad?”, le decía constantemente.

Si no eres para mí, no serás para nadie. Los voy a matar a los dos. Aunque no, con matarte sólo a vos se acaba todo”, amenazó.

“¿Serías capaz de matarme, dejar a mis dos hijas sin su madre? ¿Serías capaz de hacerlo para que luego te manden a la cárcel y nuestra hija crezca sola?”, cuestionó Gabriela. A lo que muy seguro Wilmer respondió: “En la cárcel se vive muy bien, puedo disfrutar de mi fortuna estando allí”.

“Sus palabras denotaban seguridad; sin embargo, no lo creí capaz”, aseveró la víctima.

Al día siguiente el hombre volvió a llamar, pero esta vez para tener una respuesta concreta. “No me casaré contigo”, le dijo Gabriela.

“Muy bien, entonces mañana te vas a morir. Mañana te morís, hija de puta”, respondió Wilmer.

“Mi hija mayor escuchó eso y me dijo que tenía miedo. Como su audio decía que al día siguiente me iba a morir, comencé a pensar a dónde podía irme a pasar la noche para que no me encontrara, luego recordé que me había dicho que estaba en Cochabamba y como en la cuarentena nadie puede viajar me quedé tranquila”. Esa tranquilidad fue la mayor enemiga de Gabriela y el arma de Wilmer.


El día de los hechos

El lunes 27 de abril a las 19:00, desde la cocina y dispuesta a preparar la cena, Gabriela escuchó que su hija mayor hablaba con un hombre afuera de su casa.

“Me asomé y lo vi preguntando por mí. Cuando él se percató de que yo lo observaba comenzó a gritar: ‘Perra, perra de mierda’. Lo vi venir hacia mí y luego sentí los golpes en la cara”, recordó la mujer.

Para ese momento, Wilmer le había propiciado dos puñetes en el rostro.

“Yo sentí que la nariz se me abrió y que la sangre comenzaba a salir. Por el dolor, agaché la cabeza y fue entonces cuando él me quemó”.

El hombre, no conforme con los golpes, vertió un frasco de ácido nítrico sobre Gabriela. La hija mayor corrió a auxiliar a su madre y ahí Wilmer le roció el líquido a la menor, el cual llegó a parte de su rostro, brazos y piernas.

Insatisfecho y ardido en celos quemó al hombre que estaba en la cocina, quien era un amigo de la víctima.
Sentí que el ácido entraba por todas partes. Mi cuello se endureció y yo no podía moverlo, no podía girar la cabeza. Sólo  escuché decirle: ‘Ahora sí te vas a morir’, mientras lo vaciaba”, narró Gabriela.

Casi a ciegas, corrió a la ducha del baño. Luego de unos minutos escuchó que alguien le hablaba. Era el hijo del dueño de la casa, recordó.

El vecino le dio un bañador con agua y después, según Gabriela, desaparecieron todos. “Nadie acudió a mi auxilio”.

En desesperación Gabriela tuvo que pedir a su expareja (el padre de su hija mayor) que la ayudara, quien las llevó a la Caja Petrolera de Salud de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.

¿Qué pasó después?

Una vez en el centro hospitalario, Gabriela presentó la denuncia ante miembros de la Fuerza Especial de Lucha Contra La Violencia. Mientras el hombre fue capturado por residentes de la Villa 1° de Mayo de Santa Cruz de la Sierra (barrio en el que vivía la mujer). Había intentado fugarse, pero los vecinos intentaron ajusticiar. Posteriormente, fue aprehendido.

El domingo 3 de mayo la Fiscalía Departamental de Santa Cruz determinó detención preventiva para Wilmer. "En la audiencia de medidas cautelares a cargo del fiscal Marioly Torrez se demostraron los elementos de convicción que hacen presumir que el imputado es con probabilidad autor del hecho registrado en la Villa 1° de Mayo", sostuvo la fiscal Departamental de Santa Cruz Mirna, Arancibia Belaunde.

Hasta la fecha el imputado se encuentra bajo detención preventiva en la cárcel de Palmasola, según informó la Fiscalía.


Otras víctimas

El primero de mayo se supo que Wilmer era buscado en Cochabamba desde 2009, cuando asesinó presuntamente a su primera esposa Lorena Rondal, de 24 años, en el municipio de Vinto.

Gracias a la viralización del caso de Gabriela los familiares de Lorena se contactaron con ella.

“Él habría asesinado a la mamá de su hija de 12 años. Según lo que me contaron los familiares de la chica, él era tan celoso y posesivo que incluso llegó a encadenarla, hasta que un día ella logró escapar, se refugió con su familia y comenzó a tramitar el divorcio. Tiempo después la mujer acompañada de unos tíos fue a la casa de Wilmer para recoger sus cosas, no obstante, él no les permitió el ingreso a los familiares”.

Según el relato, dentro de la vivienda el hombre habría apuñalado a su primera esposa, Lorena a la altura del riñón, para posteriormente meterla a un auto y clavarle un cuchillo en el cuello.

La familia del femicida habría sido testigo y cómplice del asesinato, mientras los tíos de Lorena temieron por su vida y por eso no defendieron a su sobrina. Wilmer habría huido a Santa Cruz luego de cometer el crimen.

Se espera que una vez finalizada la emergencia sanitaria el caso sea reabierto para fines investigativos.
“Él siempre me decía que la cárcel no significaba nada. ‘Qué importa si me meten preso, mi madre vende una casa y paga jueces y fiscales y me liberan’, era lo que siempre me decía”, expresó Gabriela, quien aún mantiene la incertidumbre sobre el futuro de su agresor.

Sólo  espero que Wilmer no tenga el poder para pagar por su liberación. Quiero que la justicia se asegure de ello y se mantenga fuerte. Por mi lado, lo único que me importa es volver a estar con mis hijas y recuperarme”.


A Gabriela, más allá de su salud, lo que más le preocupa es su porvenir y el de sus hijas: “Lo primero que haré cuando salga de aquí será mudarme, comenzar de cero, aunque siendo sincera temo por mi vida, porque sé que su familia es capaz de cualquier cosa”.
Por ahora su hija mayor está bajo el cuidado de su padre biológico, mientras que la bebé de casi dos años, que tuvo con su agresor, permanece con unos familiares.
“Al Recordar cuando el ácido me caía en el cuerpo en lo que podía pensar era en mis hijas. Quería que ellas se salvaran porque yo sabía que moriría. Sin embargo, estoy viva. Siento que Dios me ha dado una nueva oportunidad, una que no pienso desperdiciar”, expresó entre lágrimas.



Los sueños que Helen no cumplió

“Tienes toda una vida por delante, Helen, eres linda, tienes mucho por vivir todavía”, fue el último consejo que Ruth le dio a su pequeña hermana, a la que crió como a su propia hija.

Helen Laura, de 17 años de edad, fue asesinada el sábado 25 de abril en la ciudad de El Alto. La autopsia reveló que fue brutalmente golpeada por su novio, con quien compartía su hogar, su vida y sueños desde agosto de 2019.

Helen fue la menor de ocho hermanos. Fue criada por su padre y por su hermana Ruth, ya que su madre murió cuando ella tenía apenas un año. Después de mucho tiempo, su papá rehizo su vida con una nueva pareja. Por su parte, Helen pronto se convirtió en una adolescente llena de ambiciones y propósitos. “Era muy rebelde, pero también muy carismática, al ser la menor fue la más mimada, siempre fue decidida”, dijo Ruth al recordarla.

A escondidas, Helen comenzó a frecuentar a Abel A.B., con quien había coincidido en junio de 2019. Aunque la familia desconocía lo que sucedía con la joven, se percataron que ella estaba “cambiando” y actuaba de una manera “extraña”.
“Comenzó a irse de la casa. De repente se perdía una o dos semanas. Se notaba que estaba bebiendo mucho, mi padre no sabía qué hacer y, como yo no vivo con ellos, tampoco entendía lo que sucedía”, contó Ruth.

No obstante, en agosto, lo sabrían. En una reunión con todos los hermanos Helen dio la noticia: se mudaría a vivir con Abel. Todos se mostraron en desacuerdo. “Nos sentíamos molestos con ella, no aprobábamos la relación, pero mi padre no dijo nada”, señaló.
Abel tenía un pasado que causaba incomodidad en la familia de la menor: a sus cortos 23 años había enviudado en marzo de 2018 y tenía una hija.
Cuando me enteré lo amenacé con denunciarlo. Le dije que era un delito que estuviera con Helen porque ella era menor de edad. Pero cuando lo hice, Helen me increpó y me pidió que no lo hiciera, además, que ella no iba a permitir que eso pasara”, recordó su hermana.

Según Ruth, la tía de Abel le advirtió al padre de Helen sobre su sobrino. “Él engañó en reiteradas ocasiones a su primera esposa, es un holgazán y un borracho. Si a pesar de eso su hija quiere juntarse con él, sabrá ella, yo no voy a defenderle”, señaló la pariente del joven.

La señal de alarma se encendió en noviembre cuando la adolescente se comunicó con su hermana mayor. “Ruth quiero que me perdones. Sé que no debería haber hecho esto. Estoy arrepentida, él me pega, y su familia, en muchas oportunidades, me ha humillado. Ya no quiero estar con Abel, me voy a separar. Yo pensé que no era así, pero me agrede, me cela con todos mis amigos y yo ya no quiero seguir viviendo esto”.

Ante la dura confesión, Ruth le pidió a Helen que se alejara de él y que, para evitar que la volviera a buscar, se mudara a Oruro (ciudad ubicada a 234 kilómetros de La Paz) con ella. “Vente a vivir conmigo, yo te voy a ayudar, vas a salir de eso, lo prometo, pero aléjate de él, por favor”, suplicó.

Le lloré, le rogué que por favor lo dejara y ella me prometió que lo haría”, lamentó.
En esa oportunidad, Helen confesó que había estado embarazada, pero que Abel la había golpeado de tal manera que le provocó un aborto. “Ahora tengo un angelito en el cielo”, le dijo a su hermana.

Los planes de Ruth de recibir a su hermana en Oruro se derrumbaron en menos de 48 horas, cuando le dijo que había regresado con Abel. “No podía creer lo que me decía. Le intenté explicar que debía alejarse de ese muchacho, pero me dijo que no, porque él iba a cambiar. Así que me resigné y no le volví a hablar”, explicó con angustia Ruth.

Mi orgullo me ganó y ahora ya no la tengo”, agregó. Como había cortado toda comunicación con sus hermanos, el 3 de marzo Helen optó por desahogarse con uno de sus primos. En los audios de WhatsApp que le envió, ella admite que su pareja le pegaba.

“Pero así somos nosotros, no podemos estar el uno sin el otro. Yo también le pego”.

Un día, el papá de Helen se comunicó con Ruth para contarle que lo había visitado y que, en aquella oportunidad, tenía golpes en la cara. “Primero le mintió. Le dijo que se había chocado con la puerta, aunque luego le confesó que Abel le había pegado por celos”.

Cuando el muchacho entró a la casa del padre, este atinó a golpearlo. “Voy a llamar a la FELCV y te voy a denunciar” fue la sentencia del progenitor, pero no contaba con que su hija le pediría de rodillas “que no hiciera nada. Le prometió que eso no volvería a pasar, que él cambiaría y mi papá cedió”, relató la hermana mayor.


A partir de ese momento, el padre notó un cambio en la pareja. “Según él, las cosas estaban bien, se les veía tranquilos y hasta felices”.
Pero esa era la punta del iceberg, la menor de las mentiras.

El feminicidio

El sábado 25 de abril, a las 15:30, el padre de Helen recibió la noticia que ningún padre espera escuchar en su vida: su hija había fallecido.

“Cuando mi papá me llamó y me contó, yo no podía entender lo que había sucedido. Según él, Helen había muerto porque se había caído de las gradas. Pero yo no lo creía, así que le pedí que llamara a la FELCV. Inmediatamente terminé de trabajar y me fui a La Paz”, rememoró.

Ruth (quien vive en la ciudad de Oruro) pasó las peores tres horas de su vida hasta que llegó a El Alto (ciudad anexa a La Paz) donde se dirigió a las oficinas del organismo policial.

“¿Sabe usted lo que pensé en todo el viaje? Pensé que la última vez que habíamos hablado había sido en noviembre y que, de eso, habían pasado seis meses. Que no tuve tiempo de protegerla ni el coraje para disculparme porque yo también le fallé”. Las lágrimas son ahora la voz de Ruth en medio de un llanto desgarrador.

“Al llegar lo vi. Vi a Abel y no parecía haber llorado, ni sentirse mal, hasta parecía haber estado un poco borracho. Empecé a gritarle, aunque no recuerdo lo que le dije”.

Con todo el dolor de su alma, Ruth conversó con el médico forense, pero lo que este le dijo le heló la sangre. El cuerpo de Helen presentaba rigidez cadavérica, es decir, que su muerte no fue a las 15:30 como se creía. El certificado forense dictaminó que la muerte se produjo a las 11:30, aproximadamente, aunque según información de medios de comunicación, se cree que el fallecimiento se pudo haber dado varias horas antes.

“¿Qué pasó con mi hermana en el lapso de esas cuatro horas entre su supuesto fallecimiento y la llegada al hospital?”, es la pregunta sin respuesta que atormenta a Ruth.

Según el informe al que ella tuvo acceso, Helen murió por shock hemorrágico, laceración hepática, además de haber sufrido traumatismo torácico y abdominal cerrado.
“Mi hermana presentaba golpes en los brazos, en los pies, tenía una cortadura en la mano, tenía rasmilladuras en la cara y en el cuello se notaba los dedos de una mano, aunque el médico explicó que era la sangre coagulada”.
“Helen sufrió antes de morir, ella no murió instantáneamente. He visto su cadáver y pude evidenciar que en su rostro había marcas de cinta adhesiva. Supongo que se la puso para que nadie la escuche gritar o suplicar por su vida”, reflexionó.
Durante el velorio, un vecino de la zona se acercó a Ruth y le aseguró haber sido testigo de cómo, en una oportunidad, durante una fiesta, la adolescente fue agredida por varios miembros de la familia de Abel, a punto de haberla dejado en estado de inconsciencia.
“No sólo le pegaba él, sino toda la familia. Ellos son sus cómplices”, acotó Ruth
Contradicciones y determinaciones

Abel bel A.B. tuvo varias contradicciones en su declaración formal. En una primera instancia señaló que Helen murió porque cayó por las gradas de su hogar. Ante este testimonio, los investigadores fueron a la vivienda, ubicada en la zona de Villa Mercurio de la ciudad de El Alto. Una vez ahí, evidenciaron que la casa donde la pareja vivía es de una sola planta, lo que puso en duda la declaración del sospechoso.

Luego, aseguró que fue por un accidente de tránsito. El joven explicó que Helen se cayó de un cuadratrack (vehículo todo terreno), junto a su hermano, pero este no se presentó a declarar.

El lunes 27 de abril se llevó a cabo la audiencia de medidas cautelares. El agresor fue imputado por el delito de femicidio, tras cambiar en diversas ocasiones las versiones sobre lo sucedido. La jueza dictaminó que fuera enviado al centro de Rehabilitación de Qalahuma (ubicado en la ciudad de El Alto), con detención preventiva, aunque ese espacio es para menores de edad que cometen delitos menores.

“No entiendo por qué él no está en San Pedro o Chonchocoro”, reclamó Ruth. “Él no era menor de edad”. Según las autoridades judiciales, esta medida se realizó por el “tema del COVID-19 y el hacinamiento en las cárceles”.

“Pero ese no es justificativo. Exigimos justicia”, insistió

¿Repitiendo la historia?

Tras el feminicidio de Helen la familia de la primera esposa de Abel, también fallecida, se comunicó con Ruth. Las coincidencias entre ambas muertes derivaron en la sospecha de que la historia se estaría repitiendo.
Días antes de su fallecimiento, Nohemí explicó que quería divorciarse de Abel. Cuando ella hizo esta confesión su esposo le dijo que ese fin de semana se “dieran un tiempo para ellos”, mientras iban a una fiesta en un pueblo cercano. La joven aceptó, sin sospechar que ese sería el último fin de semana de su vida.
“La madre de Nohemí me contó que encontraron el cuerpo de su hija a un costado de la carretera. Abel alegó que se trataba de un accidente automovilístico, sin embargo, él estaba ileso y su movilidad no presentaba daños”, explicó Ruth.
Ante lo ocurrido, la madre de Nohemí pidió una autopsia, pero Abel no lo permitió, prosigue. “Dijo que era su esposo y argumentó que tenía derecho sobre ella, ni siquiera permitió que fuese velada por mucho tiempo”.
La abogada Paola Barriga, quien ha hecho seguimiento del caso sentenció: “La impunidad genera en el agresor la confianza y coraje de agredir una y otra vez, pues tiene la certeza de que no importa cuánto daño haga, siente que jamás pagará por él”.

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