Argentina: Pánico en confinamiento

Cuatro meses fueron suficientes para que Mariana* se diera cuenta de que José*, su pareja, era violento y que debía cuidarse mientras encontraba la manera de separarse de él. Ahora vive con un botón de pánico en la mano, a la espera de justicia



Texto: Jesenia Freitez Guedez/Sikiuk Méndez
Ilustración: Johnny Lain/ Antonio ramírez
Infografía: Yordán Somarriba/ Denisse Martínez





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Novio acosador

Mariana tiene 29 años. Llegó a la ciudad de Buenos Aires en mayo 2019 cuando decidió mudarse con la ilusión de un nuevo trabajo. Los aires de cambio y novedad la tenían entusiasmada y positiva. Ella nació en la Provincia de Mendoza, ubicada a 1058 kilómetros de la capital. Dos años antes de mudarse, ya conocía a José. Cuando cambió de ciudad, se hicieron novios y él se fue a vivir con ella.

La magia de los primeros días los mantenía felices, distraídos y con la efervescencia de las primeras cosas. Pero al cabo de unos meses la actitud de José cambió. Se convirtió en una persona dominante, comenzó con los celos hacia los compañeros de trabajo de Mariana, pero también a su independencia. Así fue rompiendo las redes de amigos que ella empezó a tejer desde que llegó. “Cuando me quedaba trabajando horas extras en la oficina, cada veinte minutos eran de llamadas, mensajes y al llegar a casa se desbordaba en reclamos”, recordó.

Las actitudes del hombre empezaban a salirse de control, tanto así que esperaba que Mariana se durmiera para revisar los mensajes de su celular. Después esta práctica la hacía sin reparos frente a ella, sin que pudiera reclamar algo para evitar algún tipo confrontación. Estaba desconcertada por la situación, su ejemplo de pareja habían sido sus padres, personas respetuosas donde solo vio buenos tratos entre ellos. Por eso, a los dos meses de noviazgo, decidió terminar la relación y pedirle que se fuera de su casa. Pero esto no pasó.

José le dijo que se iría cuando a él “le diera la gana”. Ella empezó a grabar las conversaciones para tenerlas como pruebas en caso de una denuncia si se ponía agresivo. La convivencia terminaba en insultos, pero sin violencia física, al menos no en ese momento. “Se volvía loco y me empezaba a gritar que yo me hacía la especial. Yo sentía que se quería vengar de algo y me amenazaba con frases como: ‘Tú me vas a devolver algo’”.

Mariana se fue a pasar las fiestas de Navidad y Año Nuevo con su familia en Mendoza, y cuando regresó el primero de enero del 2020 a la capital, estaba decidida a echarlo. Intentó hacerlo con los mejores términos, pero ella sabía que era imposible por la forma de ser de él. Así que buscó ayuda con sus amigos, quienes le aconsejaron llevar a la policía de la ciudad y solo así lograron sacarlo de la casa. Eso sucedió un viernes a mediados de enero, pero ella no se imaginaba lo que ocurriría tres días después.

El lunes siguiente, José llegó a la casa de Mariana con la excusa de devolverle una prenda de vestir. Ella lo recibió, pero desde que entró al departamento empezó a gritarle improperios. Cerró la puerta principal con llave y sacó un arma blanca con la que le apuntó al cuello. Ella trató de zafarse y empezó un forcejeo. Cuando logró soltarse, la empujó con tanta fuerza que Mariana cayó contra un ventanal de vidrio y terminó con una herida en su glúteo.

Gritó. Hizo todo lo que pudo para buscar ayuda, pero José le había quitado sus teléfonos. Ante la escena, él decidió irse y le dejó un celular para que pidiera ayuda, pero inmediatamente regresó y le dijo que prefería esperar a la policía porque no iría a la cárcel por una situación de la que “yo era culpable”, me dijo.

Las heridas provocadas por el empujón de José dejaban una larga estela roja sobre el piso del apartamento. La espera del oficial que llegó para tomar declaraciones por separado, fueron los minutos más largos para ella. La llevaron de emergencia al hospital donde quedó internada durante días.

Libre e impune

Pese a lo sucedido, el agresor se encuentra libre y en impunidad absoluta. José solo pasó unas horas en la Fiscalía debido a que su caso fue catalogado como un delito de “lesiones leves”, tal como lo pudo comprobar Mariana cuando quiso hacer una denuncia formal por lo civil en la Oficina de Violencia Doméstica en Buenos Aires.

La respuesta de la justicia la mantiene indignada, ella ahora busca asesoría con un abogado penal, para procesarlo por la violencia que sufrió como expareja y no solo por “lesiones leves”. “Aún no lo puedo creer, siento que la justicia me está dando la espalda. ¿Qué quieren, que me mate para poder acusarlo de algo?”, cuestionó indignada.

No obstante, su abogado logró que le imputaran tres causas: violencia hacía la mujer, lesiones agravadas y privación de libertad, pero ella desconfía tanto del órgano judicial que, por ahora prefiere que no lo detengan, “porque no tiene antecedentes penales”, lo que le hace pensar que lo dejarán en libertad, sin juzgarlo por lo que le hizo.

“Nunca había tenido un episodio así en mi vida”, expresó consternada. Especialistas y organizaciones dedicadas a abordar temas violencia de género advierten que los agresores se valen de mujeres a las que creen desvalidas, sin nadie que pueda apoyarlas.

A partir de su denuncia, José tiene una medida de restricción hacía ella. Desde ese día vive con el botón de pánico al que le tiene muy poca fe. Piensa que no sirve para nada, aunque por suerte no ha tenido que usarlo, pero la angustia la acompaña.

“Cuando terminé el reposo estaba muy deseosa de ir a trabajar, pero ya en la calle miraba a todos lados, no sabía si él se podía aparecer. Se me venían imágenes a la cabeza de que llegaba por detrás mientras esperaba el bus y yo no podía sacar el botón. No lo puedo llevar en la mano en todo momento, nadie puede vivir así ¡Yo no quiero vivir así!”, afirmó con voz entrecortada.
“¡Yo quiero que lo metan preso! El ‘chabón’ intentó matarme”, agregó.
Cuando se decretó el confinamiento, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Rosenkrantz, puso en marcha la feria judicial mediante el trabajo remoto de los funcionarios del Estado desde casa, solo para tratar “casos especiales”
Las ferias llegaron a extenderse hasta siete veces desde el 20 marzo. Desde ese momento quedaron muchos casos almacenados esperando justicia como el de Mariana, a quien se le apaga la voz por instantes, cuando recuerda que su denuncia quedó archivada y no puede hacer nada hasta que vuelvan a trabajar. “Ahora están atendiendo solo casos ‘urgentes’ que no admitan demoras, entonces, ¿lo mío no es urgente? ¿Qué más pruebas necesitan?”.

Pero su deseo de encontrar justicia no la detiene. Mariana tiene la intención de cambiar de abogado por uno especializado en temas de género, para acusar a José de intento de femicidio. Por ello, quiere estar preparada. Encontró apoyo en organizaciones de mujeres como Mujeres de la Matria Latinoamericana (Mumalá), quienes la han orientado sobre los pasos a seguir.

Al recordar lo sucedido reflexiona sobre el valor que tuvo para enfrentar a su agresor, aún cuando sabe las consecuencias que tiene. Cree que, a pesar de lo que vivió, la situación la ayudó finalmente a librarse de él. Aunque dolorosa, es una victoria que no pasa por debajo de la mesa y pese al camino que le toca, él ya no está bajo su techo.

“Yo soy una mujer muy optimista y positiva. Borrón y cuenta nueva. Le dije a mis amigos que no me puedo sentir mal, me saqué a este pibe de encima. Sé que fue de la peor manera porque pudo haberme lastimado más, pero no pasó y así me libré de él. Todavía falta que pague por lo que me hizo y debe hacerlo porque también se lo puede hacer a otra”.

Esta vez, es una voz fuerte y firme, más decidida que nunca a clamar justicia.


El libro que nos arrebataron

Mariana y Soledad no se conocen, pero tienen dos cosas en común: son argentinas y en medio de una pandemia mundial esperan justicia. La lucha de Soledad es por su hermana Cecilia, quien tenía 36 años de edad y era la mayor de cuatro hermanos. Ella era sinónimo de todo lo que representaba la libertad y la aventura. Era inquieta, curiosa y siempre con la intención de lanzarse a nuevas experiencias. Además, era cariñosa, esa es la fotografía que dibuja Soledad cuando habla de su hermana.

Cecilia partió de Buenos Aires en 2016 con los deseos de explorar el mundo y escapar de la monotonía. En su viaje por Latinoamérica recorrió 12 países, 100 ciudades, y más de 10 000 kilómetros.

El 22 de diciembre de 2019, sus padres le dieron el último “jalón” (cola, aventón), cuando en medio de abrazos y lágrimas la fueron a recibir en el paso fronterizo de la Quiaca, en el norte argentino, frontera con Bolivia. Cecilia regresó al país cargada de experiencia y de la diversidad cultural que había disfrutado.

Su próximo objetivo era escribir el “Diario de una Viajera”, un libro donde contaría sus aventuras, desventuras y su crecimiento personal. Para este propósito eligió la localidad Capilla del Monte como destino, ubicada a 90 kilómetros de Córdoba Capital.
El 19 de marzo en la mañana, un día antes de que el gobierno decretará el confinamiento obligatorio, decidió partir. “Sabía que luego no iba a poder hacerlo por un buen tiempo”, comentó su hermana.

Llegó a Capilla del Monte con su mochila y la carpa que la había acompañado los últimos años con la intención de acampar en el “Camping Municipal”, pero no se lo permitieron por la contingencia. Esa noche logró encontrar un lugar cerca de un lago y conoció a una joven que le ofreció quedarse en una casita que tenía dueño, pero estaba abandonada. Ante la falta de opciones, ella aceptó el refugio.

Pasó algunas penurias por las condiciones de la casa, pero lo que más le preocupaba era que la zona era peligrosa y el servicio de la luz era deficiente. Cecilia escribió por el grupo de la familia que buscaría otro lugar para quedarse y logró hablar con la mujer que le consiguió alquilar el patio de una casa para montar su campamento. Allí ayudaba al dueño a cuidar su huerto, según las últimas conversaciones con su hermano.

La señal de la Internet no era buena y le costaba comunicarse. Los mensajes que enviaba a su familia llegaban con retraso. Poco pudo contar del dueño de la casa donde se quedaba. El 4 de abril se comunicó por última vez y envió un mensaje avisando que se encontraba bien.

Cuatro días después, el hombre que le alquilaba llamó a la familia de Cecilia para informar que no había regresado a casa, que sus cosas se encontraban aún en el campamento, que había tenido un “brote psicótico” y se había ido.




La denuncia

Enseguida los familiares hicieron la denuncia de la desaparición en una oficina de la fiscalía en la zona Núñez, en Buenos Aires, pero les recomendaron denunciar en donde había desaparecido. Un primo de Cecilia que vive en la capital de Córdoba contactó a la policía y se activó la búsqueda.

El 25 de abril, la Fiscalía de Cosquín, una localidad cordobesa, informó el hallazgo del cuerpo de una mujer entre los matorrales y por la descripción parecía ser Cecilia. Su padre viajó hasta Capilla del Monte, en la zona de Tres Puentes, donde su hija acampó.

Tuvo una conversación con el señor que avisó de la desaparición y le dio una versión diferente. “Le dijo a mi papá que habían discutido y que él la echó. Si eso pasó así, ¿por qué tardó tres días en avisar?”, se preguntó Soledad. Para el momento de la publicación de esta investigación al hombre no se le relaciona con el caso, no obstante, la familia de Cecilia pide que se le investigue más a fondo.
Las autoridades informaron que Cecilia fue vista por última vez en Valle de Punilla cuando pidió agua en una casa. Se hicieron allanamientos por la zona donde la vieron caminando y encontraron parte de sus pertenencias en la casa de Lucas Adrián Bustos, de 23 años, quien permanece detenido tras haber confesado el asesinato. Se le imputaron cargos por abuso sexual y homicidio doblemente calificado por violencia de género y criminis cause, según declaraciones de la fiscal de Cosquín, Paula Klem, a un medio local.

Todo indicaba que el crimen de Cecilia estaba resuelto y se había conseguido justicia. Pero siguen los cabos sueltos. Su familia duda del órgano judicial, por eso cambiaron de abogada por una defensa privada y especializada en perspectiva de género. Cuando ella logró tener acceso al expediente se dio cuenta de que el perfil psicológico que le pusieron a Cecilia fue de “esquizofrénica”, diagnóstico que jamás había tenido la víctima.

La indignación embarga a Soledad, quien no puede entender por qué están actuando de esa forma. “Otra de las irregularidades de la investigación es que el hombre que confesó ahora niega ser el culpable y dice que solo lo dijo para que dejaran de golpearlo. Yo me encuentro muy decepcionada, es la verdad, y lo más terrible es que nadie me va devolver a mi hermana”.

La madre del acusado defendió a su hijo en los medios locales y buscó un abogado. “Mi hijo no es capaz de matar ni a una mosca. Queremos que aparezcan los verdaderos culpables”, dijo.

Según el médico forense, Cecilia tenía siete días de fallecida cuando encontraron su cuerpo el 25 de abril, pero su casero reportó su desaparición el 8 de abril. El último contacto con su familia fue el 4 y el 5 la vieron por última vez cuando pidió agua en una casa. ¿Qué pasó en esos 13 días? ¿Dónde estuvo Cecilia? ¿Hay más involucrados? Son algunas de las interrogantes que se hacen sus familiares y amigos, quienes deberán esperar para que la justicia siga su curso.




*Los nombres fueron cambiados para salvaguardar la identidad de la víctima.


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